Carlos no daba crédito a lo que estaba viendo, le dijo a Wei que se quedara con Miguel que luego llamaría a su móvil y salió corriendo detrás de Bernardo y sus perseguidores. Él corría por la calle tropezándose con al gente que transitaba por la acera. No dejaba de mirar hacia arriba para no perderlos de vista. Por encima de los bajos edificios de la zona, seguía Bernardo huyendo de los tres perseguidores, saltando de azotea en azotea.
Parecía mentira lo ágil que estaba Bernardo para su edad, aunque empezaba a dar síntomas de estar cansado. Cada vez estaban más cerca de alcanzarlo, los hombres que le perseguían eran más jóvenes que él. Eran de origen musulmán y no tenían cara de muchos amigos. Llegó el momento en que Bernardo no pudo seguir, el siguiente edificio estaba muy lejos para saltar, y hacia los lados no había nada. Paró se giró y vio que los tres hombres ya estaban allí parados, detrás de él.
Durante los segundos siguientes nadie dijo nada, estaban exhaustos de la carrera y necesitaban respirar un poco.
- ¿Dónde lo tienes?- preguntó uno de ellos que parecía ser el jefe.
- No se de que me hablas.- respondió Bernardo con hilo de voz.
- Venga, no tienes escapatoria. No lo pongas más difícil.
Mientras tanto, Carlos subía las escaleras a toda velocidad. No sabía muy bien que iba a hacer cuando llegara, eran tres contra dos y tenían pinta de estar fuertes.
Wei había recogido los trozos de su móvil y ella y Miguel se habían unido a la carrera, aunque un poco más retrasados, además iban cargando con las maletas.
Carlos llegó al final de la escalera y abrió impetuosamente la puerta que salía a la azotea, esto hizo que tanto Bernardo como los tres hombre se giraran hacía él.
- ¿CARLOS?- exclamó Bernardo que no se acababa de creer que Carlos estuviera allí-¿Qué haces aquí?
- Lo mismo te pregunto yo.
- ¡Cogedle!- Gritó el jefe de los perseguidores.
Cuando se dirigían hacia él, aparecieron otros tres hombres. Surgieron de la nada, nadie los había visto llegar. Estos eran orientales, por lo que Carlos pensó que no iban juntos con los musulmanes.
Los seis se enzarzaron en una pelea sin cuartel. No sacaron armas, se enfrentaron cuerpo a cuerpo. La pelea duró unos minutos, los orientales daban patadas y golpes certeros que los musulmanes no podían esquivar. Les estaba cayendo una somanta palos que le estaba doliendo a Carlos sólo de verla.
Los orientales estaban ganando, ya que estaba claro que eran expertos en artes marciales. Lo árabes tampoco peleaban mal, se les veía entrenados, pero nada que hacer contra los “Bruce Lees”.
Entonces llegaron Miguel y Wei para ver el desenlace.
Los musulmanes, magullados y a duras penas huyeron, maldiciendo en su lengua, se supone que a todos los santos, los chinos, los occidentales y su puta madre. Uno de los chinos les dijo antes de que desaparecieran.
- Decidle a vuestro jefe que ahora mister Bernardo no está solo.
Uno de los moros le miró a los ojos con rabia, y sin decir ni pío se giró y se fue, eso sí… había entendido el mensaje.
Nada más desaparecer, los chinos se giraron hacia Carlos y compañía. Tenían una cara para enmarcar, no era para menos después de lo que habían presenciado. Estaban boquiabiertos y paralizados. Bernardo ya estaba casi recuperado de su carrera. Abajo, en la calle, se había agolpado gran cantidad de gente para ver el desenlace, que después de acabar la pelea se dispersaban comentando lo ocurrido.
El mismo chino que había hablado a los moros, se dirigió hacia Bernardo:
- Mister Bernardo, siga con su trabajo, nosotros nos encargamos de… “los problemas”. Ya tendrá noticias nuestras.
Y desaparecieron tan misteriosamente como llegaron.
Se miraron unos a otros sin entender nada. Bernardo habló primero:
- Pero, Carlos ¿que haces aquí?
- ¡Vaya! Lo mismo iba a preguntarte. Yo de vacaciones. Pero ya veo que tu estas ocupado en otras cosas.
- Bueno, bueno, es hora de que hablemos…
- Pues si, ya va siendo hora, pero... ¿estás bien? ¿donde has estado?
- Poco a poco, vámonos a un lugar más tranquilo.
- De acuerdo vamos.-Dijo Miguel.
Se disponían a bajar y al echar un vistazo a la calle, Carlos exclamó:
- Pero… ¡no es posible!
Una de las personas que estaban mirándoles desde la calle, cuando le dirigió la vista, se giró y se perdió entre la multitud. Le había parecido que era Jaime Nucias, pero no lo tenía claro del todo.
- ¿Qué pasa?- preguntó Wei.
- Nada, nada, me había parecido ver a un conocido.
Carlos prefirió no decir nada, ya que era improbable que fuera él. Entre tanto chino, cualquier oriental le parecía una cara familiar, además si lo decía iban a tomarle por un paranoico.
Carlos realizó las presentaciones pertinentes.
Wei se quedó mirando a Bernardo a la cara, escudriñándole, de repente exclamó:
- ¡Tú eres el de la foto!
- ¿Qué foto?- Preguntó Bernardo
- Si, Wei, es él, pero vamos a esperar a que nos cuente el primero, y luego vamos con la segunda parte.
- De acuerdo.- Contestó Wei resignada.
Se dirigieron los cuatro hasta un bar cercano, donde se sentaron a tomar unas cervezas y de paso comer algo. Bernardo les dijo que se lo iba a explicar todo desde el principio, la noche que desapareció, y empezó a relatar lo ocurrido…
- Estaba en mi despacho un jueves por la noche en Julio de 2006. Me había quedado a repasar unos conceptos que me había enviado esa misma tarde Walter por email. Descubrí una cosa que creí que era la solución a mis preguntas. Te mandé un correo - dijo dirigiéndose a Carlos- y al momento apareció un hombre. Yo me levanté de golpe asustado. El hombre permanecía en la puerta mirándome, era de origen árabe. Me dijo que le debía acompañar, la verdad, no de muy buenas maneras. Le dije que de eso nada y que no podía estar allí dentro e iba a llamar a seguridad. El me dijo que no se me ocurriera hacer eso, se adelantó y cogió el teléfono fijo estirándolo y arrancando el cable de la conexión.
- ¿Era uno de los que te perseguían hoy?- preguntó Miguel-
- Creo que sí, no te sabría decir…, ya hace unos dos años.
- Bueno, sigue por favor.- Se impacientaba Carlos.
- Vale, ¿por donde iba?
- Arrancó el teléfono.- Contesto rápidamente Wei que seguía el relato con mucho interés.
- ¡Ah! ¡Si!, pues entonces aparecieron otros dos moros en la puerta, y antes de que preguntéis,… no se si eran los mismos de antes. La verdad yo me asusté, y no me lo pensé dos veces, salté por la ventana.
- ¿Por la ventana?- Preguntó Wei asombrada.
- Si, por la ventana. Lo que pasa es que está todo lleno de árboles en la parte de atrás, así que me encaramé a las ramas, me deje caer al suelo y desde allí, a la carrera hasta el parking…, a por el coche.
- Joder el Bernardo, “que fuerte nano”.- Miguel estaba alucinando en colores.- ¿Y no te siguieron?
- Coño, pues claro. Uno de ellos se lanzó por la ventana detrás de mí, yo mientras corría como un loco hacia el parking, él nada mas caer al suelo, sacó un arma y empezó a disparar. Entonces yo si que me acojoné de verdad. Por suerte no me alcanzó… y yo, sin mirar atrás, seguía corriendo sin ver el momento de llegar al coche.
- Lo flipo, te tirotearon, como en las pelis.- Carlos no daba crédito.
- ¡Calla!, ¡déjalo que siga! Continúa Bernardo por favor.- Exclamó Wei
- Los tres hombres me pisaban los talones. Conseguí llegar al coche con cierta ventaja y arranqué a toda prisa. No podía pensar con claridad, ¿Dónde ir? Lo primero que se me pasó por la cabeza es salir a la pista de Ademuz y entrar a Valencia por la Gran Vía , dirección a la Jefatura de Policía de Ramón y Cajal. Al salir a la pista me di cuenta de que ya tenía el coche detrás del mío, aceleré… y ellos conmigo. Nada más entrar a la Gran Vía de Fernando el Católico, se desviaron por una bocacalle, debieron intuir a donde me dirigía. Yo llegué a Jefatura con los nervios de punta. Parece que a los nacionales no les afecta nada, o es que están muy acostumbrados, porque llegué todo nervioso, y para ellos como si pasa un carro.
- Ya te digo, pasan de todo.- Apuntó Miguel.
- Expliqué lo ocurrido, con unos resultados no muy satisfactorios.
- ¿No te hicieron caso?- Siguió Miguel.
- Si, pero como si nada, me enseñaron un libro de esos lleno de fotos de gente que tienen fichada, para ver si identificaba a alguno. Después de revisarlo todo sin éxito, me dijeron que sin una persona a la que denunciar, poco podían hacer.
- Yo desesperado y cagado de miedo, me dirigí hacia casa. Llegando a mi calle, vi el coche de los moros aparcado en el portal y luz en mi ventana. No podía ser verdad, estaban allí, ¡en mi casa!, ya no sabía que hacer, ni donde ir…, así que fui a un cajero, saqué todo el dinero que pude y conduje toda la noche.
- ¿Que condujiste toda la noche? ¿Hacia donde?- Preguntó Carlos.
- Me dirigí por la A 7 dirección Norte, intentaba ordenar mis ideas, ¿que demonios querría esa gente? ¿Por qué decían que les acompañara?
- Joder, pues no lo se, pero parece que iban en serio.- Dijo Miguel.
- Más tarde lo supe, pero esa noche, no me lo podía ni imaginar.
- Bueno y ¿que era?-Dijeron los tres al unísono.
- Todo a su tieeeempo, voy a seguir con el relato cronológicamente, para que no perdáis el hilo.
- Joder macho, que intriga.
- Llamé a Dolores.
- Dolores, no te lo vas a creer, me han disparado, me persiguen unos hombres…
- Pero… ¿estás bien? ¿quien te persigue?
- Si, estoy bien, no se quien son, ni porque me persiguen, ni lo que quieren.
- ¿Has ido a la policía?
- Si, pero no ha valido de mucho, no tengo a quien denunciar.
- ¿Donde estas ahora? ¿Aun te persiguen esos tres hombres?
- Entonces, colgué el teléfono y seguí conduciendo.
- ¿Por qué?- Se extrañó Miguel.
- Tú no le habías dicho que eran tres hombres.- Aclaró Wei.
- ¡Ostias!, Dolores estaba con ellos.-Exclamó Carlos.- Seráaa….
- Vale, vaaaaaale. Si. Era muy sospechoso que Dolores supiera cuantos eran.
- Ya te digo. Pero ¿si que estaba con ellos? ¿O está? ¿O que pasa?, sigue por favor.- Wei se impacientaba.
- No volví a hablar con Dolores, no tenía seguridad de que lado estaba, no me podía fiar de nadie. Además recibí un mensaje en el móvil de un número desconocido que decía: “Queremos algo que tu tienes. Si nos lo das no pasará nada”. Tenían mi teléfono, por lo que decidí apagarlo por si me podían localizar.
- Claro, no quiere decir que Dolores estuviera con ellos. Podría ser que estuviera amenazada y la obligaran a sonsacarte donde estabas.-Dedujo Wei
- Claro, podía ser que estuviera de tu lado y la estuvieran amenazando, pero que te lanzara un mensaje que te hiciera pensar porque la estaban oyendo.- Añadió Miguel
- No, de eso nada.- Sentenció Carlos.
- ¿Por qué?-Dijo Wei.
- Porque yo hablé con ella días después de su desaparición y no me lo dijo.
- Ya, pero si estaba amenazada….
- No, estábamos solos, además hablamos en varias ocasiones, incluso con el comisario Ramírez, una vez que llamando a Bernardo, su móvil dio señal, cosa que no hacía desde que desapareció tres meses antes.
- Bueno, ahora os diré lo que yo me imagino y os explico eso de las llamadas, pero antes dime Wei, has dicho que yo era el de la foto. ¿De que foto hablas?
- No, mejor continúa con tu relato.
- No por favor, que también me canso de hablar. Dime de que foto hablas.
- De una que estás con mi padre y otro hombre. Enséñasela Carlos
Carlos rebuscó por su mochila hasta encontrar el libro que le había prestado Bernardo. Sacó la foto de entre sus páginas y se la mostró a su profesor.
Bernardo se quedó pasmado, con cara de asombro y exclamó.
- ¡No puede ser! ¿Walter es tu padre?
- Noooo, Jacinto.- Aclaró Wei.
- ¿Jacinto…? ¿Eres hija de Jacinto? ¿Y que relación tienes con Carlos?
- Bueno, es un poco largo de contar.- Dijo Carlos.
- No, no… soy todo oídos. Esto se está empezando a poner interesante de verdad.